18 nov 2011

Las historias de verdad que no mienten

Todo es una pena, en realidad. Pero ahora ya no tiene remedio.

A veces miro hacia atrás, pocas veces, la verdad, y sonrío recordando en qué momento y en qué lugar comenzó todo. Cómo una pequeña revolución inspirada en la francesa supuso un cambio tan importante para mí. Si me lo llegan a decir no lo hubiese creido. Pero aquí estoy, sigo en ello, buscando no sé qué cosa que habré perdido, buscando no sé qué sensación o sentimiento o emoción. Exhibiendo todavía mis entrañas a personas que no me conocen ni lo harán, y que sólo saben de mí lo que yo les muestro, como si fuese un ser interesante, diferente o, incluso, irreal. Sí, irreal. En realidad soy irreal. No existo, sólo mis palabras existen en la red, no hay un yo, ni un tú, ni un nosotros, ni un vosotros. Ni siquiera un ellos. Podría inventar cada situación o cada sentimiento y seguiría siendo mío; bueno, suyo; bueno, de ella. De la irreal, de la efímera construcción del "yo escribo un blog". Qué importancia puede tener a estas alturas algo así, escribir, como si fuese algo supranatural. Como si por el mero hecho de juntar unas cuantas palabras con sentido, mi propia vida (irreal) también lo tuviese. Además no eres tú la que se cree un ser especial, son los demás, con sus halagos, los que te hacen sentir especial porque pones palabras, tildes y construyes frases con sentido. Pero eso no es ser especial, porque entonces ahora ya no lo soy, porque las palabras con sentido se me han acabado. Sí puedo diatribar sobre el sentido de la vida, de mi vida (irreal) o poner un millón de emociones contradictorias por escrito, pero las historias, las de verdad, esas que nunca mienten porque son inventadas, se me han escapado de las manos. La musa me abandonó, qué se le va a hacer. Hay que aceptar que ya no hay tiempo, ni ganas, ni retos ni demostraciones. Ya no hay musa. Huyó con lo puesto, a sabiendas de que sin ella no sería nada. Consciente de que yo era de mentira, de que en realidad no valía la pena inspirarme. Y tenía razón, huida la musa, huida la inspiración.

Echo de menos las historias de verdad, esas que nunca mienten, eran las que lo hacían todo interesante, eran las que valían la pena. Eran las divertidas, sin normas que crear o que romper. Las que me hacían pensar en el trabajo bien hecho, las que me producían un verdadero orgullo. Mis niñas reales en mi mundo irreal, esas que paría con dolor.

No sé si volverán. Si me lo propongo, si tengo tiempo, si la musa volviese... Pero puede que ya se hayan acabado, puede que ya haya escrito mi última frase, puede que se me hayan acabado las historias. No sé. De todas formas no voy a despedirme, no quiero despedirme. Todavía no. Puede que todo cambie, puede que si busco tiempo, ganas y pongo mi esfuerzo al servicio de las historias de verdad, puede que las historias me encuentren a mí, puede que suene el chasquido en mi cabeza, puede que la frase perfecta, el inicio perfecto, y el final perfecto aparezcan en mi cabeza y me dejen cogerlos al vuelo. Puede que incluso la  musa vuelva. Aunque esto es lo más improbable.

No me despediré, hoy todavía no...

16 nov 2011

Arrouto

He roto dos reglas de oro: escribir estando mal (no es plan de dar la impresión de vivir en la desdicha todo el rato), y pensar (opción no disponible).

Son reglas autoimpuestas, por supuesto, pero esas deberían ser las de más férreo cumplimiento, porque si nos las imponemos es porque sabemos que es lo mejor para nosotros.

Por supuesto un arrouto lo tiene cualquiera, y esta vez no me flagelaré con el látigo de cinco colas, pero tendré que tatuarme las reglas en algún sitio disponible para no volver a equivocarme.

Quizá no debería imponerme nada y que salga lo que dios quiera, total, de perdidos al río (o a la isla desierta). Podría probar, puede que las reglas sean las que me impiden escribir: esto no, demasiado personal; esto tampoco, estoy demasiado depre; esto tampoco, qué van a pensar de mí (hay que mantener un cierto estatus)...

Así que al carajo, que le den a las normas, ni me voy a rayar con el tema de las personas que pueden leerlo, ni me voy a rayar con la peña que no conozco, ni con lo que piense nadie, ni con nada. Escribiré lo que me salga de las narices (por no decir ovarios, que suena muy basto) y al que no le guste que no lo lea. (Esto ya lo escribí alguna vez, no? porque me suena mogollón).

Ale, ale, y con esto y un bizcocho, hasta mañana a las ocho.

15 nov 2011

Pluscuamperfecta

Ya está, ahora ya lo sé. En uno de esos momentos de huida hacia el infinito me encuentro con la respuesta que buscaba. Aunque ni siquiera sabía que hubiese una pregunta. Suele pasar.

No siento. No tengo emociones que vayan más allá de la desidia, el aburrimiento y el hastío. Sí, tengo un amor de madre que no me cabe en el pecho, pero a veces hasta eso se esfuma entre la rabia y el cansancio. Y necesito algo más, algo que haga retumbar los cimientos tanto tiempo dormidos. Necesito emociones que me conecten con algo más que con la cotidianidad y la rutina de mi vida. Y sé que a ratos las busco, me las invento, sueño despierta con una realidad inexistente, que no sé si me hace más daño que bien, pero es lo que me queda, al final, es lo que me queda. Porque me enseñaron a ser buena, no sé quién exactamente, pero alguien hizo bien su trabajo, y ahora repercute en mi deseo constante de portarme como debo, de ser cuasiperfecta (pluscuemperfecta si por mí fuera), de cumplir los objetivos marcados a cada instante, y flagelarme si no los consigo. Así que por eso sueño, porque no puedo vivir en la realidad imperfecta que me rodea cada día. ¡Oh, la perfección! Qué engaño más grande, qué inutilidad y qué constante decepción. Qué mejor meta y más inalcanzable que la perfección. Ya de proponerse algo, que sea lo inalcanzable. A lo mayor, mayor.

Así que aquí estoy, rodeada de un mar de lágrimas que apenas me deja ver la pantalla, y autocompadeciéndome porque necesito emociones que llenen mi vida, aunque sólo sea en mi imaginación desbordante. Imaginación que siempre consigue escapar a través de las rejas entre las que la encierro, y que me lleva a universos paralelos en los que la realidad se confunde con la ficción, y me permite vivir, en la sombra, esas emociones caras que me rehuyen.

Y me paro a pensar y sé que serán efímeras. ¿Qué importan? En realidad duraran lo que tarde en sentirlas, después será lo mismo que ahora, ¿no? Soy cazadora de segundos intensos y miradas esquivas. De sonrisas traviesas y carcajadas excitantes. Soy una cazadora que nunca podrá apresar su presa.

Y lo peor, que la culpa es sólo mía. Al fin y al cabo, tenemos lo que merecemos. O eso dicen por ahí.

Bueno, ya está bien de autocompasión por hoy. Me voy a dormir, que ya es hora.