21 oct 2013

Mamá

Mañana hará un mes que nació Maya. Fue una madrugadora, un domingo a las ocho y cuarto de la mañana asomaba la cabeza y se instalaba en nuestras vidas para siempre.

Este mes que ha pasado no ha sido nada fácil. Al día siguiente de dar a luz firmábamos el contrato de alquiler de nuestro nuevo piso, y en esa semana hicimos la mudanza. Yo aún no me creo que haya sido capaz de llevar ese ritmo durante dos semanas, puesto que apenas dormía los primeros días, y en los ratos que podía llenaba cajas y cajas de pingos y demás cosas inútiles que vamos almacenando a lo largo de los años.

En la primera semana adelgacé seis kilos, ahora mismo peso tres kilos menos que cuando me quedé embarazada. Debido a la mudanza, a los nervios, a que a los cuatro días Maya tuvo mocos y no podía apenas mamar, casi hago una mastitis. Debido a que no me dieron toda la información en el hospital casi se me infectan los puntos de la episiotomía. Y debido a todo lo que me rodeaba y me estaba ocurriendo en esas dos primeras semanas, estuve a punto de caer en una depresión, las lágrimas a escondidas eran el pan de cada día.

Pero todo ha salido bien. Ya no lloro. La cicatriz está perfecta. Y estamos intentando que mis pechos produzcan la leche necesaria para no darle biberón. Ella colabora encantada, le encanta la leche materna, siempre sonríe mientras mama.

Ahora ya nos vamos conociendo, ella es exigente, demanda mucha atención, le encanta la fiesta y estar rodeada de ruidos y gente, y cuando tiene hambre llora como si la partiesen en dos. Todo tiene que ser cuando ella diga. Pero después te sonríe y es preciosa.

Mis preciosos niños...