Creo que fue porque me obligué a no soñar. Que todo comenzó ahí, sin saberlo, pensando que estaba anclándome a mi realidad, que así no saldría mi vena psicópata de desear lo que sueño, de desear lo imposible. Porque mis sueños son así, imposibles. No porque lo sean de entrada, no porque no puedan ser realidad, sino porque yo nunca tendría los ovarios de perseguirlos. Demasiadas complicaciones, demasiadas implicaciones, demasiadas víctimas. Seguramente, yo la primera.
Y de esa forma me dejo llevar, por la realidad cotidiana y rutinaria que me rodea, como cuando te haces el muerto en la piscina y terminas chocando con el borde, y ya no sabes dónde estás. Así me deslizo yo, como una muerta a la deriva.
Hace un par de días terminé El libro de los Baltimore. Me gustó mucho, me gusta el autor ya desde que leí el anterior: La verdad sobre el caso Harry Quebert, El protagonista es un escritor, y me pasó lo mismo que cuando terminé el anterior, tuve una necesidad imperiosa de escribir. Y pensar en volver a hacerlo me ha dado una energía inusitada, un empuje que creía ya desterrado. Al fin y al cabo, soy una muerta a la deriva. Pero no sé si seré capaz. No sé si podré dedicar un rato al día a pensar, a imaginar, a vivir una vida que no es la mía, a imaginar una situación en la que nunca estaré, a ponerme en la piel de una persona que nunca conoceré. Porque soy una muerta a la deriva, y las muertas no conocen a gente nueva, ni tienen vidas interesantes, ni tienen vida, ni siquiera piensan o sueñan. Sólo van a la deriva hasta que chocan con algo. Y yo todavía no he chocado. Ni siquiera veo el borde.
Hoy hablé con un amigo escritor, de esos que publican libros en papel. De los que tienen tantas cosas que contar que pueden llenar hojas y hojas con historias y palabras. Me preguntó si seguía escribiendo, y le dije que no, que mi vida es muy aburrida y que no encuentro temas. Me contestó que cuanto más aburrida más temas. "Piénsalo", me dijo, y en ello estoy, pensándolo. Pero él no sabe que ya no sueño, y que cuando dejas de soñar es muy difícil volver a hacerlo. Te acostumbras a la deriva, es fácil dejarse llevar. Pero estoy pensando, imaginando, que no tengo que llegar al borde y chocar, que puedo simplemente volver a mi estado vertical, intentar hacer pie, o incluso ponerme a nadar, y salir por las escalerillas cuál Venus renacida y andar, andar o correr, o incluso volar. Ya puestos, por qué no volar.