1 nov 2018

La historia

Tengo que hacerlo rápido, crearme una rutina antes de tirar la toalla. Es por necesidad. 

Comenzaré esta historia por el principio, porque siempre hay un principio, aunque me ha llevado un rato encontrarlo. Semana Santa del 2017, cuando el lavavajillas de mi piso de alquiler dejó de funcionar. Ese fue el detonante, porque el cabrón del dueño del piso no se preocupó en absoluto de repararlo. Sí que llamó, y vinieron, y se lo llevaron, pero en septiembre nos cruzábamos con él (vivía en el mismo edificio) y siempre había una excusa en sus labios sonrientes de cabronazo. Estaba pasando de nosotros a propósito. Y ahí comenzó la búsqueda, primero de otro piso en alquiler, pero como habían subido de precio nos planteamos comprar. El 20 de octubre dijeron que aceptaban nuestra oferta por un piso antiguo pero reformado de 130 metros y vistas increíbles. Y a partir de ahí todo ha sido felicidad. 

Era viernes, el lunes me ofrecieron un descuento en mi compañía de teléfono además de una tablet por un precio ridículo. El martes me dieron un premio en el trabajo a la mejor del trimestre, y el miércoles A. encontró trabajo. Era el piso. Yo creo que es el piso. Como si un mal de ojo eterno se hubiera esfumado de repente. Felicidad a tope!

El 15 de noviembre firmamos la hipoteca y la compraventa. Tuve que hacerme cargo también de gestionar una herencia adelantada de mis padres y suegros, una ayuda indispensable para llevar a cabo tal hazaña hoy en día. 

Mientras todo esto ocurrría, en el trabajo estábamos con nuestra propia lucha: las elecciones sindicales. Elecciones que, contra todo pronóstico, ganamos. Fue increíble, una sensación indescriptible cuando dijeron que nosotras teníamos 4 delegados, que nos habían votado mayoritariamente, que todos los sacrificios, el esfuerzo, el trabajo, que había recompensa, que no lo habíamos hecho tan mal. Que las críticas sin fundamento y los ataques personales no importaban. Que confiaban en nosotras. 

En enero A. volvía a estar en el paro. Fue una suerte lo del trabajo de noviembre, pero la empresa era una mierda que pagaba tarde, mal y nunca. Yo seguía confiando, y surgió la oportunidad por un amigo de trabajar en Oslo. 14 días en Noruega construyendo el túnel ferroviario más largo de Escandinavia, 14 días en casa de descanso. Cobrando el triple de lo que cobraría en España y con todos los gastos pagados, viaje, estancia y comida. Ahí ya dejé de soñar con el Euromillón, ahí comprendí que la lotería ya nos había tocado. 

Fue complicado, no quiero mentir. Al principio estaba emocionaba porque durante 14 días yo sería la dueña y señora de todas las decisiones familiares, además no tenía que hacer comida, ni cenas elaboradas. Nos adaptábamos, los niños se adaptaban bien. Echábamos de menos a A., pero cuando volvía a casa todo era más fácil, él más participativo, nosotros más pacientes. En las distancias largas es cuando descubres el amor, el cariño, ese que pensabas que era cómodo y rutinario desaparece para impactarte uno más físico e intenso. 

Mientras tanto, yo volví a la lectura erótico-festiva, y estaba todo el día salida como el pico de una plancha, andando por la calle como si fuese una diosa hecha mortal, dándome cuenta de las miradas de los hombres y exudando sexualidad. Es lo que tienen estos libros, que te quitan todo tipo de complejos, que te hacen sentir como la protagonista de cualquiera de ellos, que te mantienen alerta ante detalles que antes pasaban completamente inadvertidos, pero eso es porque tu talante ante el mundo también cambia. Una gozada, me encanta sentirme así. 

Estas lecturas hacían que los días que A. estaba en casa fuesen apasionantes y agotadores. La unión hace la fuerza y nuestra relación se ha vuelto indestructible. Yo ya no soy la de antes, esa que soñaba y quería que todo se hiciese realidad, esa niña ya se fue. Ahora sueño, a veces, pero sabiendo que debo volver a casa, a la seguridad de mi misma, de mi familia, de mi vida. No cambiaría esto por nada, supongo que eso es lo que te enseñan los años, o la madurez, o las hostias que te metes. No sé, da igual, lo que sé seguro es que yo he cambiado. Mucho. He leído un par de entradas antes de escribir el post de ayer y no me reconozco. Menuda ingenua. Menuda idiota. 

A lo que estaba, el caso es que ahora esta todo bien, todo es genial. Estupendo. La felicidad suprema. Todo salvo yo. Bueno, yo estoy bien, creo, es mi cuerpo el que no opina lo mismo. 

Desde poco antes del verano volvieron los angioedemeas. Situaciones que mi cuerpo crea en momentos de estrés o ansiedad, imagino, y digo imagino porque nunca han sabido decirme a qué se deben, qué los provoca, así que yo he decidido después de mucho estudio sobre mí, que es por eso. Se me hinchan las palmas de las manos, las plantas de los pies, los labios, la cara, la barriga...empieza como un habón, y si no lo paro me deforma completamente, aparte del dolor de la tensión en mi piel y que tarda más de un día en desparecer la sensación. y eso tomando la medicación. 

No le di importancia, lo mejor es pasar, aunque cada día tengas alguna parte de tu cuerpo descontrolada e hinchada, lo mejor es no pensar, porque sino la angustia provoca más ataques. Y entonces, en septiembre, un día casi no podía andar, un dolor horrible en la rodilla me lo impedía. Un pinzamiento en una lumbar (mi madre había pasado por ello en verano) me provocaba tal dolor en la pierna que ni con medicamentos fuertes desaparecía. Sigo de baja. el dolor en la pierna casi ha desaparecido, sólo punzadas de vez en cuando, pero el dolor se ha trasladado a las lumbares, como si llevase un cinturón de 20 kilos agarrado a mi cintura. Y esto tomando la medicación, no quiero imaginarme sin ella. 

Y por fin llegamos a la actualidad. A la semana pasada en la que el jueves a las 11 de la noche comenzó a hincharse mi lengua. Tomé la medicación, dos pastillas a falta de una, pero a la hora casi no podía hablar de lo hinchada que estaba. Así que me vestí, y dejando a mis hijos solos en casa me desplacé hasta el PAC más cercano a que me pinchasen en vena lo que fuese, pero rápido. Estaban solos y dormidos y no sabían que yo no estaba. La inflamación bajó rápido y antes de una hora ya estaba de vuelta. Muerta de miedo. Un miedo aterrador, desproporcionado. Por qué mi cabeza hacía esas cosas? Tanto poder tiene sobre el físico? Podría ser sicosomático lo de mi espalda? Tensional? Porque hasta ahora aun no me han hecho ningún tipo de prueba para lo de la espalda, así que todo puede ser. Quiero saber si tengo algo, le dije a la doctora, porque dependiendo de cuál sea la razón las medidas a tomar para mejorar son diferentes. Y no sé qué prefiero, que sea físico o emocional. No lo sé, pero sí sé que la única forma de solucionar el problema emocional es escribiendo. Exponer las cosas sin filtros. Leerlas después de un tiempo, verlo con perspectiva. De momento creo que tengo una idea, porque las veces anteriores (porque esto no sucede todo el rato, va por rachas y en la anterior tuve que tomar medicación para la ansiedad) siempre comenzó cuando desaparecía el estrés, cuando comenzaba el reposo. Puede que esa sea la clave, que haya comenzado cuando todo se asentó. Ni idea. 

He decidido hacerlo aquí, la exposición, echar la mierda. Quizá no sea lo mejor sabiendo que todavía hay gente por ahí que lo lee. Ha sido un sorpresa, sinceramente. No sé qué hacéis por aquí. Ni siquiera yo estoy aquí. Agradecería que no hubiese comentarios. No hago esto para amenizaros la existencia, va a ser desagradable, os aviso. Si lo hago es porque considero que es necesario, y escribirlo en un papel implicaría que cualquiera en mi casa pudiese leerlo, y no quiero. Todo tiene su momento. 

Se acabó por hoy. Ha sido liberador, la verdad. Voy a echarme un piti mientras los protagonistas de la novela que leo ahora follan con pasión y desenfreno y me dejan con las ganas. Otro día os cuento el truco de estos libros. 

Un beso, supongo...

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