Dibujamos corazones en pechos descubiertos, y los vemos latir de emoción ante situaciones insospechadas, y depués se apagan como linternas sin pilas, de repente, sin previo aviso, y les damos cuerda, con la dinamo, intentando resucitarlos, hacemos el boca a boca, presionamos cualquier punto, buscamos el botón del start, y nos quedamos mirando cómo mueren de inanición. Al rato, cuando los restos exangües yacen ya negros, corremos a buscar otro rotulador para volver a dibujar otro encima, siguiendo las lineas del anterior, esperando que sean corazones iguales, que sientan lo mismo, que nos permitan mantener todas las ilusiones creadas por un tiempo infinito, pero es otro, ya es otro, el nuevo no reconoce pulsos anteiores, y hay que enseñarle todo de nuevo, y no tiene memoria y los latidos cambian de intensidad, y ya no hay bagaje, y el corazón desmemoriado no dura mucho, porque la pena de no saber, de no reconocer, puede con él, y los recuerdos pesan demasiado, y los corazones no pueden ser ligeros, porque pueden aprender a volar, y entonces, ni siquiera tendremos una silueta sobre la que pasar por encima la próxima vez.
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