No sabía que naciamos sin lunares. Lo supe cuando apareció el primero, en tu brazo. Y yo te lo señalaba y tú te lo retorcías para poder ver ese punto negro, orgulloso de tenerlo. El siguiente en la nuca, y ahora dos más en la cara. Son cuatro años, y estoy pensando que a este paso puede que algún día te invadan, como creo que hacen conmigo. El hijo de la luna.
Tampoco sabía que cada día te querría más. Lo oyes mucho, pero nunca te paras a pensar en ello. No es algo instantáneo, al principio no nos conocíamos, pero claro, tú no lo recuerdas. He pensado, que cuando hayan pasado unos cuantos años, puede que mi corazón reviente de lo lleno que esté, a este ritmo es una posibilidad.
Pensé que estaría preparada para tus preguntas, para cualquier pregunta que me hicieras, pero explicarte por qué las cosas se acaban fue un reto increíble, o los ciclos lunares porque a la luna le faltaba un cacho. Aunque la facilidad de por qué siempre ganan los buenos me da esperanzas. Ya sé que tendré que estudiar para estar a la altura, pero seguro que merece la pena.
Y me gusta tu risa y tu sonrisa, y tu obsesión por ganar que intento frustrar. Y las veces que te paras a pensar después de que contesto alguna de tus preguntas para volver a preguntar al minuto siguiente. Y me encanta tu vitalidad, tu fuerza y tu valentía. Pero eso es muy tópico. Me gusta cuando me mientes y yo te pillo, porque mientes fatal. Y me gusta que seas como yo por las mañanas, que lo mejor es ni mirarnos.
Y los besos y los abrazos. Y cuando me dices "mamá".
La cantamos a duo...
y me gusta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario